voluntarios Abay

Camino de Suba Park

Sonaba a despedida y de qué manera, sin tiempo de esperar a un café recién hecho, después de comer bastante acelerados, y de haber dejado todas las maletas en el comedor para que las llevaran.

 Y así fue, en un santiamén nos despedimos como pudimos de la gente con la que habíamos compartido, siendo cautos de no pisar pedacitos de corazón que quedaban esparcidos en el suelo del Abay Center, ni de resbalarnos con los pequeños charcos que se formaban con nuestras pequeñas lágrimas.

suba 1

Poníamos tierra de por medio, sin Paco, que dijo que estaba cansado, andando y algunos con ampollas todavía, cargados de sentimientos, sensaciones y recuerdos, dirección Suba Park, dónde parece ser que hay monos. Pues allá que fuimos.

suba 2

Como en toda expedición, siempre hay alguien que toma las riendas y dice: ¡¡¡dejarme a mí que yo me hago cargo!!!. Y así fue, más si es vasco, de apellido Astudillo, y sin olvidar que cabezón, también. Eso sí decidido a llegar antes del anochecer y abroncando a las nubes para que ni se les ocurriera llorar por nuestra partida y nos caláramos hasta los huesos porque allí cuando lloran, lloran.

suba 3

Teníamos por delante 13 kilómetros de camino llano desde una colina hasta el pie de la montaña donde se encontraba el acceso a Suba Park. Teníamos que ir ligeros y no despistarnos. Así lo decidió el guía, nuestro amigo el vasco. No dejaba de mirar las amenazantes nubes y chuparse el dedo para comprobar la dirección del viento.

 Nos fuimos cruzando por el camino con gente montada en garis, ellos ya de vuelta a sus casas, y nosotros con paso decidido y sin ningún respiro.

 También atravesábamos pequeñas poblaciones, transparentes a nuestros ojos y a la curiosidad de sus gentes.

suba 4

El tiempo nos iba respetando,  no aminorábamos nuestra marcha y ya dejamos de mirar hacia atrás hacía mucho rato, siguiendo hacia delante, unos hablando de cualquier cosa, y otros quizá más pensativos y disfrutando de la belleza del camino.

suba 5

Cada vez nos íbamos acercando más a la montaña, que una superficie de 2.500 hectáreas esconde el bosque donde nuestra intención sería pasar la noche y al día siguiente hacer una excursión para ver y oír al tan citado mono que Paco nos había dicho.

 Poco a poco el paisaje y la vegetación fue cambiando y a medida que nos íbamos internando en el bosque, el camino se convirtió en numerosas curvas a derecha e izquierda, y por supuesto dejó de ser llano, cambiando el perfil, según quién, a falso llano o con una no intensa pero sí prolongada ascensión.

 Ya estábamos llegando al final de nuestro viaje, tan sólo quedaba por encontrar el alojamiento donde pasaríamos esa noche.

 El cielo seguía cada vez más amenazante, pero después de casi tres horas, tuvimos suerte, y nuestras queridas nubes fueron benévolas con nosotros hasta que llegamos.

 Llegados a nuestro destino y mientras nos enseñaban la habitación llena de literas, qué sorpresa nos llevamos al ver a Paco, que imagino, después de salir nosotros de Gaba, pensaría les dejo un ratillo y luego les cojo. Mi impresión que llegó un poco asfixiado porque ni siquiera corriendo fue capaz de alcanzarnos.

 También llegó nuestro 4×4 con nuestras maletas y que al día siguiente nos llevaría hasta Addis Ababa. Al poco empezó a llover cómo sólo allí llueve, porque en mi tierra, así no llueve.

 La entrada al parque muy bonita por la cantidad de árboles y espesa vegetación, también por el agua que caería más tarde.

 De los monos a los que fuimos a ver, tan sólo su aullido…

 

Estándar
Cuadernos de viaje, voluntarios Abay

El camino a la escuela

jesus1

El músico valenciano Jesús Sáez, miembro de bandas como Polar, Llum o The Standby Connection, ha estado recientemente en Walmara, un distrito de Etiopía, donde ha alternado sus labores musicales con tareas como cooperante para la ONG Abay y aportando su experiencia como docente. Le hemos pedido que nos cuente cómo fue y este ha sido el resultado.

A veces te embarcas en travesías que no sabes muy bien porqué decides afrontarlas. Simplemente sabes que ese es el camino que debes tomar. Tampoco tienes muy claro cual es el destino, siquiera si te agradará lo que te encuentres al final. Da igual, cada uno de los pasos necesarios para superarla debe tocar tierra, lo importante es que nuestra suela rasque la arena, aunque acabe pelada, con el pie desnudo. Llegado el destino, lo entiendes. Por primera vez hay un cruce. Una elección. Una oportunidad. Y a partir del siguiente paso, nada volverá a ser igual.

Gaba Kemisa es una pequeña aldea situada al suroeste de Addis Abeba (Etiopía), dentro del distrito de Walmara. Cuando entré en ella me sentí como en casa: la madre tierra, en toda su pureza, extendía pletórica campos de trigo y tef (un cereal que supone la principal plantación de todo el país). Una camino de piedra y tierra partía por la mitad un desfile de tukules de los que salían niños corriendo con sonrisas luminosas como lunas crecientes. Parece que has llegado al paraíso. Una planicie llena de brillo y color por la recién terminada temporada de lluvias (ya no vuelve a caer gota hasta junio) elevada a casi 2.000 metros de altura. La vista puede desplegarse libremente. No hay obstáculos. Apenas hay solemnes acacias que dan cierto aire majestuoso a un paisaje terriblemente hermoso en su humildad. Por la noche, desde dentro del tukul hecho a base de adobe y ramas que nos sirve de Alojamiento, dentro del Centro Abay que hay en la aldea, se pueden oír los grillos, los insectos, los perros y las hienas, como si respiraran con su aliento detrás de tu oreja. Son los ruidos del silencio de Gaba.

Abay02

Allí se hace el horario de las gallinas. No hay luz, ni agua, así que no hay otra opción. El sol inunda el tukul a las seis de la mañana y te avisa de que ya toca. Asomas un ojo por la ventana y ves ya un desfile de niños corriendo con una agilidad llena de delicadeza y elegancia, regada con brío y energía. Pasan tan rápido que casi creo que es un espejismo. Salgo del tukul y me encuentro justo con la puerta de la escuela, y una fila de gente esperando para coger agua del pozo. Con ese pozo empezó prácticamente todo. Allí los niños, hace apenas ocho años, cuando Abay comenzó a actuar en Gaba Kemisa, se dedicaban a hacer kilómetros con una garrafa a cuestas, buscando agua para su casa. Lo primero que Paco Carrión (presidente de la ONGd) y compañía buscaron fue pues un pozo, una fuente que les pudiera abastecer, y fueron a encontrarla en la puerta de la escuela. El azar juega sus cartas: todo el mundo puede ir a coger agua al pozo, con la condición de que los niños en edad de escolarizar vayan a la escuela de Bacho, de la que es responsable el gobierno etíope. En Abay lo tienen claro, la educación es el camino. Y los etíopes también, pero a veces la oportunidad de estudiar no es siquiera una posibilidad. A veces no hay fuerza ni manera de recorrer los kilómetros que separan sus tukules de la escuela. Esa naturaleza que me daba la bienvenida me recuerda de golpe que entre su belleza esconde vida y muerte, suavidad y crudeza, un equilibrio sin cortapisas ni consideraciones.

A las siete y media de la mañana, cuando las madres salen del centro Abay tras sus clases de alfabetización, comienzan a aparecer los grupos de niños de entre tres y cinco años, agarrados fuertemente de la mano, tres o cuatro cogidos de cada puño, solos, con cierta cara de susto agudizada por la suciedad y las moscas, a pesar de que realizan justo los mismos kilómetros cada día. Algunos cuatro o cinco. Otros más. Todavía queda más de una hora para que entren a clase, pero aprovechan para jugar en el patio del Centro Abay. Dentro están las aulas canguro, donde están los niños de tres, cuatro, cinco y seis años respectivamente, la cocina, los almacenes y las casas donde duermen algunos profesores y los voluntarios. La parte de atrás, la escuela para los niños pastores, y las clases de refuerzo, funciona sobre todo por la tardes. Es un momento perfecto para poder comenzar a interactuar con ellos. Pero son ellos quienes lo hacen contigo. Se tiran encima. Te cogen la mano. Algunos incluso te acarician. Te piden que les hagas fotos. Se las merecen. Su belleza te desmonta. Probablemente el pueblo etíope sea el más bello del mundo. Juegan a todo lo que les plantees. Resulta bizarro pero tremendamente divertido ver a veinte niños etíopes jugando al corro de la patata, cuando no saben ni lo que les cantas. Sobre todo para ellos.

Abay03Aparecen las profesoras con barreños de agua, los niños se ponen en perfectas filas delante de las puertas de sus respectivas clases, y uno a uno, se limpian concienzudamente los pies, las piernas, brazos y manos, cabeza… Entran a clase y se desnudan, dejan colgada en la percha con su nombre la ropa que traen de casa y se ponen el uniforme. Hay un silencio casi marcial. Se colocan en sus asientos, mientras esperan que vayan llegando el resto de compañeros. Limpios y aseados, aguardan a que la profesora les sirva un té y un bollo frito, una especie de buñuelo ultradenso que bien podría servir para rebozarlo en azúcar o para rellenarlo con un trozo de morcilla. Ni una cosa ni la otra. En cuanto todos tienen su comida encima del pupitre, uno se levanta y se coloca delante de la clase. Cantan una canción religiosa (el 50% de la población etíope es católica ortodoxa) con una energía radiante, de espíritu tribal, cadencia militar pero con una vitalidad desbordante. Uno de mis objetivos de este viaje, más allá de la labor cooperativa, era recoger una serie de grabaciones de canciones tradicionales con un doble objetivo: proveer de repertorio al coro de un colegio valenciano que realiza actividades de concienciación y contacto con la cultura etíope, y alimentar mi inacabable hambre de influencias musicales. Acaba la canción, una exuberante demostración de energía, la profesora hace un gesto y comienzan a pellizcar el bollo, mojándolo en el té. El silencio sepulcral se adueña del espacio tras la demostración. La situación, sencilla, cotidiana, nos supera a mí y a Eva, mi mujer, en cierto modo culpable de que me haya embarcado en esta aventura. Nos miramos con lágrimas en los ojos.

Abay05En el descanso nos van a cantar algunas canciones para que las grabemos para el archivo mencionado. Decido devolver el regalo con unas pequeño concierto improvisado. Público altamente respetuoso. Un tema de “Marieta Ganduleta”, uno de “Limelight” y una versión de Elvis Presley. La rítmica del rock’n roll les descoloca. Les da igual: que aparezcas allí y les ofrezcas cualquier cosa para ellos es un regalo. Cuando le planteé con prudencia a Boja, el etíope que coordina el centro, si podía entrar a clase, me respondió de esa manera, dándonos carta blanca. Una maestra gruesa pero rebosante de energía lo pasa en grande y contagia a todos los niños. Y ese día salgo con un mote: “Salata” o lo que, según me dijeron, en Oromo quiere decir “Hombre grande y calvo”. Creo que tengo el nombre de una canción. O de un disco. O algo.

Durante los primeros días tenemos diversas tareas planeadas. Visitar algunos tukules de las familias que están dentro de los proyectos de apadrinamiento familiar e infantil, para ver las razones por las que los niños no han podido acudir a clase: tuberculosis, desnutrición, parásitos intestinales o simplemente cuidar de las vacas o de los hermanos pequeños, porque los padres se han tenido que marchar. Pintar el patio del bloque de la escuela de los niños pastos, y llenarlo de juegos de exterior que le den colorido y viveza. Plantear una serie de actividades con todos los grupos de las aulas canguro, esos regalos de los que hablamos antes y que tantas sonrisas nos han ofrecido. Organizar unas clases de refuerzo para los alumnos de 8º grado de la escuela de Bacho, para prepararles para el proyecto de apadrinamiento de alumnos de Secundaria, que es el que hemos preparado durante los últimos meses Eva y yo, y la razón principal de nuestro viaje. Y por supuesto, una actuación musical completa, exclusiva para los niños de la escuela pastor, como premio por haber acudido a la escuela durante todo el año anterior.

Abay04El patio se llena, ha venido toda la aldea. Boja y Adugna sacan de allí a prácticamente todos los habitantes del kebele y tan solo dejan a los niños. Es su regalo y les pertenece solo a ellos. Actúo y exagero mucho las canciones y la historia de “Marieta Ganduleta”, que traduce al Oromo nuestro querido Firaol, facilitando que los niños se acerquen a nuestro cuento, que aderezamos con marionetas y bailes. Lo pasamos en grande. Algunos nos dicen incluso estar impresionados, no esperaban algo así. Nosotros tampoco. Fue tan inesperado que resulta difícil explicarlo con palabras.

Al día siguiente Eva y yo nos separamos del grupo: debemos ir a Holeta, la capital del distrito de Walmara. Allí es donde se encuentra el instituto en el que los 24 alumnos elegidos por un comité local podrán estudiar secundaria gracias a la aportación de unos padrinos que permiten que se puedan pagar un alojamiento. Recorremos los 18 kms que separan Gaba Kemisa de Holeta en un gari, es decir, un carro de caballos. La ciudad es otra cosa. Más agresiva. Siempre alerta. El crudo paraíso deja paso a la “civilización”. Chabolas y más chabolas se extienden a lo largo de cuatro kilómetros asfaltados. Un caballo ahoga su enfermedad en medio del tráfico. El bullicio y el caos tienen algo de encanto, pero anuncian una noche que parece querer aprovecharse del día.

Abay06Nos reunimos con los chavales, para explicarles el proyecto y conocer sus necesidades. Firaol nos ayuda pero la reunión es complicada. Si hay algo que aprendes claramente cuando llevas a cabo actividades de cooperación es que la caridad es la muerte de un pueblo. Esa superioridad que se siente al entregarle un trozo de pan al que no tiene es un castigo (a no ser que sea una cuestión de vida o muerte). Como la falsa esperanza de Mr. Marshall, como un padre sobreprotector que prefiere llevar en brazo a su hijo para que no se caiga, acostumbrar a un pueblo a recibir por obra y gracia del hombre blanco aquello que necesita es condenarle al ostracismo. El camino lo deben realizar ellos, nosotros solo estamos allí para ayudar, pero los pasos deben ser suyos. El destino, incierto, pero suyo… Los fantasmas planean al principio de la reunión, pero poco a poco la realidad se impone. Solo comen una vez al día, y su único sustento es el pan. Los alquileres han subido, lo que hace que el dinero proporcionado no resulte suficiente, y han tenido que alojarse por pares en habitaciones de barro y cañas de poco más de cuatro metros cuadrados, sin ventanas ni agua. Alguno tiene suerte y puede disfrutar de algo parecido a un escritorio. No tienen ropa para las clases de deporte. Visitamos algunas de sus habitaciones, buscamos otras opciones, pero no las hay. Al menos de momento.

La reunión con el director del instituto, que curiosamente se llama Abay, nos confirma la paupérrima situación que también sufre el centro educativo. El ratio de las aulas es de 96 alumnos, por los que en los pupitres dobles se deben sentar cinco alumnos. A veces hay que salir de las aulas por la amenaza de la asfixia. Más de 4000 alumnos para cuatro cursos, que se estudian en dos turnos. Los edificios son del año 1936. En el patio, vemos solo una portería de fútbol formada por tres troncos. Nos extraña no ver la otra. Escondida por las hierbas y el follaje encontramos al fondo la otra. La realidad se impone. Queremos ofrecer oportunidades, presentar soluciones. De momento no aparecen, pero se lo prometemos, lucharemos.

Paco llega a Holeta desde Addis después de estar varios días dedicados casi exclusivamente a papeleos. Se impone la sensación de que hace falta tener una persona permanentemente en Addis y otra en Gaba. Pero no será así. Si hay algo que nos atrajo a Abay cuando la conocimos, y lo que nos ha llevado a sumarnos en ellos en numerosas historias, es su principio de funcionamiento. Una transparencia absoluta, y la máxima de que ningún “farengi” (como llaman los etíopes a los extranjeros) cobre por su trabajo. El dinero se invierte íntegramente en Etiopía. Nada se queda aquí. Los contratados son todos del país y viven allí. A veces resulta tremendamente difícil trabajar de esta manera ya que el choque de culturas hace que el trabajo diario y el funcionamiento resulte por momentos complejo, incluso a veces exasperante. Pero ya lo dijimos antes, es su camino, deben trazarlo ellos, Abay solo pone una estructura sobre la que despegar, pero son los etíopes quienes deben hacer que funcione, día tras día.Abay07

Volvemos a Gaba. Regresa la sensación de que aquel lugar es especial. Volvemos a atravesar las puertas del paraíso, un paraíso con unas reglas contundentes e implacables. Pero apenas nos quedan horas, al día siguiente debemos partir a Addis, donde visitaremos la casa ISA, otro de los proyectos de la ONG en el que la mujer tiene todo el protagonismo, y donde recogeremos a Shasho, un niño de 15 años con problemas cardíacos que será operado en Sevilla. Pero antes quiero despedirme de los niños. Cada uno llevamos unos cuantos en el corazón. Es imposible no enamorarse de ellos. Debes ser un hueso seco para conseguir evitarlo. Es sábado y algunos están en sus kebeles, a varios kilómetros de distancia. Siento una gran desazón, y me quedo prendado de la sensación de que aún me han quedado un montón de cosas por hacer.

Addis es el caos absoluto. Un tráfico insufrible. Niños peleándose en las medianas por trozos de pegamento. La luz eléctrica se va sorpresivamente a las 6 de la tarde y no regresará hasta que lleguemos al aeropuerto. Por la mañana había comprado unos cuantos discos de música tradicional y de cantantes etíopes de los sesenta y los setenta. El bullicio del barrio en el que esta la casa EBA y estos discos es de lo poco que puede sacar de aquella ciudad que empieza a mostrar indicios de colonización de una manera tan abrupta y contrastada, que casi parece una perversión.

En el camino de regreso me preguntaba porque había ido allí. Simplemente como ejercicio de introspección. Con la vida soy un tragón, no puedo decir que no a una experiencia que me ayude a desplegar otra esquina de esa servilleta arrugada que son los días. Y a veces sabes que hay experiencias que no tienen vuelta atrás, hay arrugas que no se pueden volver a doblar y dejarlas como estaban. Y lo sospechaba. Hay cosas que se saben, pero que no las conoces hasta que las vives.

Hasta ahora, dejar un trozo de mí en un sitio, era dejar mis recuerdos, parte de ese tiempo que forma parte indeleble de lo que soy hoy. Pero ahora sí hay un trozo de mí que se ha separado, se ha desgarrado y se ha quedado allí, en Gaba Kemisa. Miro el reloj y sé perfectamente lo que Boja, Adugna, Asterr o Gamachu, están haciendo allí. Mi cabeza lo recrea con una exactitud tan clara que casi parece que estuviera ocurriendo de verdad. “In Real Time”, como reza uno de los proyectos de Abay y que ha acabado siendo el lema que identifica a sus miembros. Paco ya me lo advirtió. Estás aquí, pero realmente, estás allí. Para siempre.

Publicado en verlanga.com

Estándar
CASTELLANO, Cuadernos de viaje

Sara y Sergio, voluntariado y cantera Abay

Pisar suelo etíope produce una mezcla de sensaciones inesperadas. Difícil predecir lo que podemos llegar a sentir al bajar de un avión pero fácil recordar una vez sucede. Emoción y entusiasmo son dos adjetivos que pueden acercarse a la definición de ese momento.

Entusiasmo porque viajar de cooperante con Abay no es una experiencia cualquiera. Os contamos el por qué: ABAY es una ONG que apuesta por los jóvenes. Nos lo hace fácil. Es una maravilla completar cualquier tipo de trámite previo a la estancia de voluntariado cuando te sientes querido y notas constantemente que aquello por lo que viajas tiene un sentido.

Enorgullece saber que esos días serán un pequeño camino a andar dentro de un largo viaje en marcha desde hace ya algunos años.

El completo sentido previo al viaje lo pone el magnífico grupo de trabajo que forman en cada proyecto que la ONG tiene en marcha. Creemos que para completar un voluntariado de éxito, es esencial introducirte en previamente en aquello en lo que quieres aportar, empaparte de la información de todo lo que lleva a cabo la ONG con la que colabores y le pongas idea y nombre a todo aquello en lo que estás dispuesto a trabajar sobre el terreno. Pues bien, por eso afirmamos que Abay lo pone fácil, porque la facilidad que el grupo humano que lo compone tiene para conseguir todo ello es espectacular.

sergio11111

Emoción porque, retomando esas sensaciones producidas al bajar del avión, pueden llegar a ser contradictorio los pensamientos que afloran. También por lo difícil que es saber como serán los días posteriores en un entorno tan diferente, donde la sociedad en la que vivimos dista muchísimo de la que acabamos de llegar.

Son muchas las cosas positivas de colaborar con una ONG que desarrolla proyectos en una determinada zona. ¿Lo mejor? Nosotros nos quedamos con el lujo que vivimos al poder interactuar con los habitantes de Gaba, con las maestras, con los peques inmersos en el programa de apadrinamientos y con sus familias, con los y las huéspedes de la casa ISA de Addis Abeba, con los deportistas de las escuelas deportivas, con los pequeños canguritos…

Abay consigue penetrar muy dentro del voluntario. Ahora, cada vez que ayudemos en eventos solidarios como por ejemplo la carrera anual In Real Time, podremos imaginar el ambiente de allí, el clima, las personas… Ahora, cada vez que leamos las novedades de los proyectos, podremos poner rostro a los beneficiarios. Porque poner cara y ojos a lo que se hace es fundamental para trabajar con mas ahínco y motivación.

SARA

Si, todos estamos de acuerdo en que la situación en muchas partes del mundo puede mejorar y nos gustaría cambiarlo. Para favorecer el cambio hay que ponerse en marcha, es esencial aportar nuestro granito de arena sea en el lugar sea. Abay es la unión de muchos granitos de arena que están consiguiendo que una comunidad con el nivel socioeconómico más bajo que existe, tenga nuevas y muy buenas oportunidades para mejorar de forma considerable.

A nosotros, Abay nos ha dado la oportunidad de formar parte de un proyecto de cambio. Un proyecto que con acciones de actuación muy concretas, consigue mejorar el día a día la vida de muchas personas. Los 15 días en Etiopía nos han ayudado a darnos cuenta de que es necesario abrir siempre mente y ojos, a valorar y a querer todo lo que tenemos de una forma más intensa. Es nuestro primer (Sara) y segundo viaje (Sergio) a Etiopía, pero ya podemos asegurar que no será el último.

Animamos a los indecisos en general y a los jóvenes formados y/o en proceso de formación en particular, a llevar a cabo un viaje así, donde tendréis la posibilidad de encontraros y de encontrar a estupendas personas en vuestro camino. Estamos convencidos de que hay siempre un trabajo, proyecto o campo en el que cada uno de nosotros tiene un perfil para poder aportar.

Sara y Sergio

Estándar
CASTELLANO, Cuadernos de viaje, Gente de Gaba Kemisa, voluntarios Abay

La mirada de Kalabessa

Cuando aterrizas en Etiopía, recién llegado de un largo viaje de varias horas, y sales con tu equipaje del Aeropuerto con la satisfacción de no haber perdido nada por el camino, hay muchas cosas que te impresionan y te llaman la atención. Y una de ellas es la mirada que descubres en la gente, que no para de observarte. Sus ojos oscuros y profundos te miran con una mezcla de curiosidad y cordialidad, desde la recepcionista del hotel, los niños que te cruzas en la calle, los comerciantes de los puestos callejeros … todos ellos tienen algo en sus ojos que te transmiten sensaciones diferentes.

Pero esta sensación se hace más auténtica cuando, tras el tiempo pasado en la bulliciosa Addis, recabas en Walmara. Por fin ya en tu destino, la mirada con la que te reciben todos aquellos que has conocido en tus últimos viajes hace sentirte que estás de nuevo en casa.

Nuestro último viaje allí ha sido diferente al del verano pasado. Este año hemos tenido la oportunidad de conocer más de cerca la forma de vida de las gentes de Walmara y hemos disfrutado de los paisajes y parajes que están presentes en su día a día. En nuestras excursiones a Dilu y Hidi, y en nuestros paseos por Gaba Kemisa nos hemos visto rodeados constantemente de niños y mayores que nos acompañaban en nuestro caminar y nos miraban con esos ojos profundos llenos de simpatía, calor y curiosidad.

La comunicación en muchos casos era difícil por las dificultades del idioma, pero en realidad todo nos lo decían con sus profundos ojos oscuros.

Pero de todas las miradas que allí nos encontramos yo me quedo con la mirada de Kalabessa.

Kalabessa es un niño de 14 años de Gaba Kemissa que te mira directamente con el corazón.

kalabessa

Es hijo de Abarras, la cocinera que trabaja en el Centro Abay. Tanto ella como su hijo pasan diariamente largas jornadas allí, ella haciendo la comida a los niños de las aulas canguro que acuden todos los días al Centro, alrededor de 100 niños, y él ayudando y colaborando en todo lo que puede. Abarras también se ocupa de la comida y el desayuno de los voluntarios, y ambos, con su carácter cariñoso y acogedor, hacen que nuestro paso por Walmara sea mucho más agradable.

Kalabessa mira directamente con el corazón. Es un muchacho dispuesto, aplicado, amable y tan interesado en aprender que no se pierde ninguna de las actividades que se organizan en el Centro. Participa en el club de atletismo, en el equipo de fútbol, en los talleres de música y no pierde ocasión de entablar conversación con cualquiera de los voluntarios que allí nos encontramos ¡En esta última ocasión incluso nos sorprendió chapurreando unas palabras de español! Se esfuerza por mostrarte y contarte cosas de su tierra y de su país, y cuando tiene que leer y escribir descubres el gran tesón que pone en esta tarea a pesar de la dificultad que ello le supone. En la escuela es un alumno aplicado; en los talleres de música que hemos dado en verano era el primero en salir voluntario a tocar los instrumentos, en coger el Kebero y ponerse a cantar y a bailar con el resto del grupo, en aprender a leer las partituras… Pero no podemos olvidar que cualquier actividad supone un gran reto para él, le exige más esfuerzo que a los demás, porque Kalabessa tiene una enfermedad en la vista, sufre una minusvalía en los ojos que le impide casi ver. Y sin embargo, ello no le impide implicarse y participar, su gran entusiasmo y voluntad suple cualquier dificultad. Por eso Kalabessa te mira directamente con el corazón, porque aunque no te ve con claridad, su mirada sale de su interior más profundo y descubres en ella cariño, amistad, tesón, ilusión, esfuerzo y una lista inacabable de cualidades que consiguen emocionarte y transmitirte algo especial.

Durante nuestra estancia en el mes de agosto, le llevamos unas gafas que le habían hecho en un centro oftalmológico de Addis al que había acudido con el personal de Abay. Gracias al Proyecto Infancia Solidaria en Addis, niños con enfermedades que necesitan algún tipo de tratamiento especial o cirugía pueden acudir a la casa que ha abierto Abay y así recibir allí su tratamiento. Kalabessa ha sido uno de esos niños. Sus gafas le mejoran en cierta medida la visión, pero lamentablemente su pronóstico no es nada bueno y en el futuro necesitará permanentemente de tratamiento médico y posiblemente se quede ciego del todo. Desde Abay se le quiere mandar a un centro especializado para niños ciegos en Baco, para que aprenda Braille y esté preparado por si en el futuro pierde totalmente la visión. Uno de los proyectos de desarrollo que Abay lleva a cabo en Walmara consiste en apadrinar y becar a aquellos niños que tienen dificultades, y correr con los gastos de su educación y sus problemas de salud. Kalabessa es uno de ellos, y desde este año podrá beneficiarse de una nueva escuela que le ayudará a intentar afrontar mejor este difícil futuro que le espera. Si ser ciego ya es un problema en nuestro entorno, aún lo es más en Etiopía, país en el que la vida de por sí es ya más dura y complicada.

Estoy segura de que será capaz de salir adelante, porque Kalabessa tiene algo especial que le hace diferente al resto. Esa mirada que le sale directamente de su corazón y que provoca que se meta de lleno en el tuyo, y que se convierta así en una de las primeras personas que acuden a tu cabeza cada vez que recuerdas, con añoranza y deseos de volver, tu breve paso por Walmara. El cariño y el afecto que le hemos cogido el grupo de voluntarios que convivimos con él nuestros días de agosto en el Centro Abay, sé que le van a acompañar constantemente y que nos va a hacer estar pendientes de su vida y echarle una mano siempre que tengamos ocasión.

¡Un beso fuerte Kalabessa y mucho ánimo! Te llevamos muy dentro de nosotros.

Estándar
CASTELLANO, voluntarios Abay

Áster y mi mano blanca

Tienes la mirada limpia como las aguas del Nilo azul, y la piel brillante como el sol etíope sobre los campos de teff y trigo.

Tienes la voluntad férrea de las mujeres de tu tierra, y con ella luchas y consigues mi mano.

Después la contemplas embelesada, como un tesoro que te regala la vida.
La acaricias y la besas con ternura, mientras la miras y te olvidas de mí. Como si fuese un objeto separado y único. Un objeto al que adorar. Un juguete mágico. Una mano diferente. Una mano blanca que nunca has visto tan de cerca.

Te contemplo y las lágrimas inundan mis ojos. Pienso en la contradicción del gesto. Debería ser yo el que besase tus manos, tus mejillas y tu pelo recogido en trenzas.
Me agacho y me miras de frente a los ojos.

Tienes la sonrisa fácil y el aroma de Etiopía en las manos, que beso ahora correspondiéndote, mi querida niña Áster, mi querida niña.

Volveré.”

aster

Estándar
ENGLISH, voluntarios Abay

Walmara

Korra’s laughter. Sena’s sweetness. Dassi’s hot buns. The wind that blows at nightfall. The stars that fall at night. Gemechu’s cheerfulness. Adugna’s kindness. Bachu’s innocence. Abarash’s lentils with rice. Abarru’s eyes. Derebe’s curiosity. Birhanu’s smile. The perfume of Kuma’s house. Motuma’s songs. The drawing room at Bacho. Alemayehu’s shyness. Asnakets’ elegance. The sound of the well. The silence of the mountains. The everpresent smell of coffee… The hospitality of al the people of Walmara.
These are some of the reasons why once more I would like to go back and continue documenting life in Walmara and the Abay projects which are already consolidated and also those which have been implemented recently.
Thank you very much!

Lorena Oliver

Captura de pantalla 2014-09-03 a la(s) 22.45.00

Estándar
CASTELLANO, voluntarios Abay

Walmara

La risa de Korra. La dulzura de Sena. Los bollos calentitos de Dassi. El viento que sopla al atardecer. Las estrellas que se caen por las noches. La alegría de Gemechu. La amabilidad de Adugna. La inocencia de Bachu. Las lentejas con arroz de Abarash. Los ojos de Abarru. La curiosidad de Derebe. La sonrisa de Birhanu. El perfume de la casa de Kuma. Las canciones de Motuma. La sala de dibujos de Bacho. La timidez de Alemayehu. La elegancia de Asnakets. El ruido del pozo. El silencio de las montañas. El olor a café omnipresente… La hospitalidad de todas las personas de Walmara.

Estos son algunos de los motivos por los que un año más me gustaría volver y seguir documentando la vida en Walmara y los proyectos de Abay ya consolidados así como los que se han puesto en marcha recientemente.
Muchisimas gracias!

Lorena Oliver
Captura de pantalla 2014-09-03 a la(s) 22.45.00

Estándar