CASTELLANO, Cuadernos de viaje, voluntarios Abay

El viaje de ASICS a Walmara

Con los ojos abiertos y el corazón bien apretado íbamos llegando primero a Addis y poco después a Gaba.

Iñaki, Paco, Javi y Jesús llegaron unos días antes. Una suerte porque pudieron asistir a la presentación del libro “Addis, Addis” de Carlos Agulló en la Embajada de España en Addis. También se adelantaron llegando a Walmara y empezaron a remangarse para trabajar con el cuerpo y con la mente.

Libro “Addis Addis”. Carlos Agulló.

El primer día en Walmara amanecieron antes de que lo hiciera el sol y caminando entre la tierra embarrada y cuarteada que había dejado la tormenta de la noche anterior pusieron rumbo a Tefki, casi 13 kilómetros que comenzaron en la oscuridad para poder llegar a tiempo a un entrenamiento muy especial. Un entrenamiento en el que consistía “solamente” en correr por las calles, un entrenamiento en el que estaban corredores de primera categoría como  Kenenisa Bekele o Tirunesh Dibaba. El objetivo era conocer actividades turísticas próximas a Gaba Kemisa que puedan promoverse asociadas a la visita a Walmara. 

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entrenamiento

A las pocas horas tanto ellos como nosotros (Carlos y yo, que habíamos llegado la noche anterior a Addis) nos encontraríamos en  “nuestra casa” Abay en Walmara.

Íbamos acompañados por Maier (que pasaría dos días con nosotros), Carlos Agulló y Loreto, su mujer, (que nos acompañarían sólo es día), Engedawork, Eyob y Behailu (que se marcharían esa tarde con Carlos y Loreto).

Bien, pues hechas las presentaciones, retomo. Llegábamos a media mañana. La emoción de volver casi no me dejaba disfrutar del camino. Íbamos cargados hasta los topes y tan apretados que tuvimos que jugar a tetris para poder colocarnos de forma que entrásemos todos.

Salté del todo terrero y al poner los pies en Gaba por un momento todo se paró. Y el sol brilló más si cabía, y el calor me aplastó el cuerpo, y el sonido y el olor de aquella tierra se arremolinaron en mi cabeza y mi alma se llenó de repente. Habíamos llegado a casa.

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 La tarde transcurrió agitada entre las explicaciones de los proyectos a Engdawork, Carlos y Loreto, así como las presentaciones a todos los asistentes de Walmara (por supuesto el alcalde entre ellos y el primero) de IRT, del libro de Carlos, del libro de Buna, del Thursday Market, de la entrega de la primera edición de cuentos escritos y dibujados por alumnos de Bacho y de un colegio de España, la proyección del video de IRT y de escuelas canguro…

Y la noche se hizo larga rematando todo lo necesario para la carrera del día siguiente, camisetas, dorsales, listados de inscripciones…

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 El calor de la mañana, la emoción, los nervios y la ilusión de nuestra primera carrera allí nos puso en pie a todos muy temprano.

Los corredores se agolpaban a las puertas de centro sin apenas darnos tiempo a buscar sus dorsales y entregarles las camisetas. Tuvimos que multiplicar nuestros esfuerzos y dividir nuestros cuerpos para poder alcanzar las 11 de la mañana y que los participantes se encontraran en la línea de salida para, por fin, y después de un año del trabajo de muchos, viéramos con nuestros propios ojos y sintiéramos en primera persona la I Carrera IRT.

Se hace difícil describir lo que cada uno de los seis sintió. Distribuidos por la carrera, cada uno cumplíamos con nuestra parte de “plan”. Me arriesgo a decir, sin miedo a equivocarme, que sentimos algo parecido a una mezcla de asombro, alegría, emoción,  entusiasmo, orgullo, felicidad, desconcierto… cada uno en mayor o menor medida y enredado con una profunda sensación de conectar más que nunca España con Etiopía.

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salida carrera

Con la fiesta y el jaleo de después se fueron aflojando las tensiones de la mañana que acarreábamos cada uno y que nos lo habíamos dicho en silencio con la sonrisa de las miradas.

La tarde no daba tregua y el trabajo nos esperaba, así que le dimos esquinazo al cansancio y proseguimos el día con la energía suficiente para llegar a la noche enteros. Nos habían preparado una cena de bienvenida.

Profesores, monitores, gente del pueblo, el alcalde… la biblioteca se había convertido en el centro de aquellas charlas, risas y multitud de injera por todas partes.

Tras la cena,  nos entregaron  dos preciosos trajes típicos de Oromía y un cuadro con el logo de Abay

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 El resto de días en Walmara transcurrieron entre miles de proyectos y actividades en las que cada uno dio lo mejor de sí mismo, no me cabe la menor duda. Desde la revisión de apadrinamientos y el funcionamiento del aula canguro y el aula enlace, la mejora del club de extraescolares, los talleres de hermanamiento y de inglés, la dinamización de la biblioteca, el seguimiento del taller textil, el comienzo de las obras para el proyecto EBA, la contratación de nuevo personal, las múltiples reuniones con profesores, monitores, comité… las revisiones médicas y el apoyo al enfermero, la dotación de nuevo material deportivo, las actividades de gymkana con todos los alumnos de la escuela canguro y aula enlace, las mejoras en las instalaciones y la revisión de éstas…

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Iñaki

Era lo mejor de cada día, el no parar, el avanzar, el saber que el tiempo allí cundía por dos y se los esfuerzos de todos se repartían por cada rincón. Y aunque a veces el cansancio quería ganarnos la partida, bastaba una sonrisa o una mirada de un compañero para saber que ya podía darse media vuelta “ese cansancio” porque no tenía nada que hacer.

Aún con el foco estaba puesto en el trabajo, también quedaron tiempos para disfrutar de un paseo todos juntos a las tantas de la madrugada a ver las estrellas bajo el cielo de Gaba Kemisa, tiempo para caminar hasta Tulu Falo Dalecha en busca de un proveedor de miel, tiempo para ir al mercado del jueves y disfrutar de una coca cola caliente, tiempo para fregar los cacharros en aquellos barreños en el patio con la única luz de nuestras linternas, tiempo para hacer una tortilla de patatas en dos tardes, tiempo para unos deliciosos bollos con el café de la mañana acompañados de “¿quieres un malarone?”, tiempo para una partida de ping pong, tiempo para lavar nuestra ropa, tiempo para algunas charlas y bastantes risas.

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Paco, Meri y Javi

No podía creerlo, era la última y es que… no quería hacerlo. No podía. No aún, era demasiado pronto. O tal vez no, era justo el momento, pero para mí era muy pronto. Sí, debió ser eso, era muy pronto para mí. Sin embargo… lo hice.

Leí primero a mis compañeros, a cada cual más sincero y más emotivo contando en el precioso libro de Walmara lo que aquellos días habían significado para cada uno. Por fin escribí, no sin dolor en mis palabras pues significaban que nos marchábamos.

Me apresuré a hacer la maleta, queríamos salir temprano después de comer y ya era casi la hora de irnos.

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Las maletas se quedaban con Eshetu que esperaría al coche para encontrarnos en Suba Park al atardecer. El resto saldríamos de Gaba caminando unos 13 kilómetros hasta allí.

Los primeros besos y los primeros abrazos los superé tragando saliva y mirando sin mirar pues si revisaba cada esquina iba a volverme loca y a agarrarme a la puerta como una niña pequeña gritando “no me quiero ir”. Abonesh fue de la última de quien me despedí y ya no pude evitarlo. Mi pecho me presionó con fuerza y mi corazón lloró primero, detrás fueron mis ojos.

Durante unos minutos me quedé la última en el camino a Suba, necesitaba que esas lágrimas se marcharan rápido y me dejaran disfrutar del recorrido a pie que nos esperaba.

Amenazaba con llover y con oscurecer antes de nuestra llegada así que aceleramos el paso por aquel camino de tierra bastante poco amable. Sin embargo, las vistas de cada paso merecían la pena y nos dejaban perplejos a cada minuto.

Las risas y las bromas no cesaron durante todo el camino, era sin duda un regalo, no se podía tener mejores compañeros de viaje. Y no podían acabarse mejor esos días que con aquel viaje a Suba.

Queríamos conocer el camino y el lugar como posible recomendación a los futuros voluntarios que llegaran a Walmara.

Nada más llegar, el cielo se cerró y oscureció de golpe. Una fuerte tormenta había comenzado a arreciar.

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 El último día de nuestro viaje lo pasaríamos en Addis, recorriendo las tiendas y mezclándonos en bullicio de Merkato para comparar artesanías. Y lo remataríamos por la tarde con nuestra última reunión para seguir valorando proyectos de colaboración.

Casi entrada la noche abandonábamos Addis. Empezaba nuestro viaje retorno. Las caras de todos denotaban cuánto dejábamos en aquella tierra querida.  Y las sonrisas compartidas hablaban de lo que nos costaría la despedida.

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 Las voces mudas despiertan en Gaba

el tímido sol se atreve a salir

la luna no quiere esconderse

por miedo a sentirse morir

 

No se acordó de vosotros

¿quién sabe que estáis ahí?

 

La tierra rojiza se deja empapar

el viento calmado susurra en oromo

canciones borradas que vuelan despacio

y llegan muy lejos no se sabe cómo

 

No se acordó de vosotros

¿quién sabe que estáis ahí?

 

El sol en lo alto se ha vuelto a llenar

de vivos colores y cálida paz

despierta ya el pueblo entero

y muéstrale al mundo de qué eres capaz

 

 

Y nos marchamos, con los ojos cerrados y el corazón repartido por cada rincón de Gaba Kemisa.

Y llegamos a casa y llegamos a nuestros trabajos y a la rueda que habíamos dejado al marcharnos, y seguía girando… ¿Por qué lo hacía tan deprisa? De un saltó o tal vez de un empujón conseguí subirme al fin.

¿Por qué era tan difícil de explicar cómo era Walmara? ¿Por qué eran tan torpes mis palabras contando lo que habíamos ido a hacer allí? Sonaban huecas las explicaciones y carecían del sentimiento con el que ocurrieron. Daban ganas de decir, lo siento, no te lo puedo contar, tendrás que ir allí y vivirlo tú.

Y entre intento e intento por tratar de explicar recordé que me había dejado el corazón repartido en aquellas sonrisas, en aquellos ojos azabache, en aquella luna, en aquella tierra… tal vez por eso no lo sabía contar…

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