voluntarios Abay

Camino de Suba Park

Sonaba a despedida y de qué manera, sin tiempo de esperar a un café recién hecho, después de comer bastante acelerados, y de haber dejado todas las maletas en el comedor para que las llevaran.

 Y así fue, en un santiamén nos despedimos como pudimos de la gente con la que habíamos compartido, siendo cautos de no pisar pedacitos de corazón que quedaban esparcidos en el suelo del Abay Center, ni de resbalarnos con los pequeños charcos que se formaban con nuestras pequeñas lágrimas.

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Poníamos tierra de por medio, sin Paco, que dijo que estaba cansado, andando y algunos con ampollas todavía, cargados de sentimientos, sensaciones y recuerdos, dirección Suba Park, dónde parece ser que hay monos. Pues allá que fuimos.

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Como en toda expedición, siempre hay alguien que toma las riendas y dice: ¡¡¡dejarme a mí que yo me hago cargo!!!. Y así fue, más si es vasco, de apellido Astudillo, y sin olvidar que cabezón, también. Eso sí decidido a llegar antes del anochecer y abroncando a las nubes para que ni se les ocurriera llorar por nuestra partida y nos caláramos hasta los huesos porque allí cuando lloran, lloran.

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Teníamos por delante 13 kilómetros de camino llano desde una colina hasta el pie de la montaña donde se encontraba el acceso a Suba Park. Teníamos que ir ligeros y no despistarnos. Así lo decidió el guía, nuestro amigo el vasco. No dejaba de mirar las amenazantes nubes y chuparse el dedo para comprobar la dirección del viento.

 Nos fuimos cruzando por el camino con gente montada en garis, ellos ya de vuelta a sus casas, y nosotros con paso decidido y sin ningún respiro.

 También atravesábamos pequeñas poblaciones, transparentes a nuestros ojos y a la curiosidad de sus gentes.

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El tiempo nos iba respetando,  no aminorábamos nuestra marcha y ya dejamos de mirar hacia atrás hacía mucho rato, siguiendo hacia delante, unos hablando de cualquier cosa, y otros quizá más pensativos y disfrutando de la belleza del camino.

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Cada vez nos íbamos acercando más a la montaña, que una superficie de 2.500 hectáreas esconde el bosque donde nuestra intención sería pasar la noche y al día siguiente hacer una excursión para ver y oír al tan citado mono que Paco nos había dicho.

 Poco a poco el paisaje y la vegetación fue cambiando y a medida que nos íbamos internando en el bosque, el camino se convirtió en numerosas curvas a derecha e izquierda, y por supuesto dejó de ser llano, cambiando el perfil, según quién, a falso llano o con una no intensa pero sí prolongada ascensión.

 Ya estábamos llegando al final de nuestro viaje, tan sólo quedaba por encontrar el alojamiento donde pasaríamos esa noche.

 El cielo seguía cada vez más amenazante, pero después de casi tres horas, tuvimos suerte, y nuestras queridas nubes fueron benévolas con nosotros hasta que llegamos.

 Llegados a nuestro destino y mientras nos enseñaban la habitación llena de literas, qué sorpresa nos llevamos al ver a Paco, que imagino, después de salir nosotros de Gaba, pensaría les dejo un ratillo y luego les cojo. Mi impresión que llegó un poco asfixiado porque ni siquiera corriendo fue capaz de alcanzarnos.

 También llegó nuestro 4×4 con nuestras maletas y que al día siguiente nos llevaría hasta Addis Ababa. Al poco empezó a llover cómo sólo allí llueve, porque en mi tierra, así no llueve.

 La entrada al parque muy bonita por la cantidad de árboles y espesa vegetación, también por el agua que caería más tarde.

 De los monos a los que fuimos a ver, tan sólo su aullido…

 

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